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Cómo elegir un fondo según el riesgo que se quiere asumir

La creciente oferta de fondos de inversión, depósitos y otros productos financieros ha permitido que pequeños y medianos ahorradores puedan acceder a mercados que antes resultaban inaccesibles. Sin embargo, una de las dudas más habituales sigue siendo la misma: ¿qué fondo de inversión conviene elegir?

La respuesta no depende únicamente de la rentabilidad esperada. Antes de seleccionar un producto es imprescindible conocer el nivel de riesgo que cada persona está dispuesta a asumir, el horizonte temporal de la inversión y el objetivo financiero que persigue.

Dos inversores con el mismo capital pueden necesitar estrategias completamente distintas si uno pretende preservar sus ahorros y otro busca maximizar el crecimiento a largo plazo.

La industria financiera suele clasificar a los clientes mediante test de idoneidad o conveniencia que permiten determinar su perfil inversor. Estos cuestionarios evalúan aspectos como la experiencia previa, la situación económica, la tolerancia a las pérdidas y el tiempo durante el que puede mantenerse la inversión sin necesidad de recuperar el dinero.

El riesgo como punto de partida para elegir un fondo

La relación entre riesgo y rentabilidad constituye uno de los principios básicos de cualquier inversión. En términos generales, cuanto mayor sea el potencial de obtener beneficios, mayor será también la posibilidad de sufrir pérdidas temporales o permanentes.

Por ello, un fondo no puede calificarse como «mejor» de forma absoluta. El producto adecuado será aquel que mejor se adapte al perfil del inversor.

Un perfil muy conservador suele priorizar la protección del capital frente a la obtención de grandes beneficios. En este caso, los fondos monetarios, los fondos de renta fija a corto plazo o incluso los depósitos bancarios pueden convertirse en alternativas razonables. Aunque la rentabilidad esperada suele ser más limitada, también presentan una volatilidad considerablemente inferior a la de los mercados bursátiles.

Por el contrario, un perfil dinámico acepta fluctuaciones importantes en el valor de su cartera con la expectativa de conseguir una rentabilidad superior a largo plazo. Para estos inversores, los fondos de renta variable internacional o los fondos indexados sobre grandes índices bursátiles suelen formar parte de la estrategia habitual.

También existen perfiles intermedios que buscan equilibrar seguridad y crecimiento mediante fondos mixtos, que combinan renta fija y renta variable en distintas proporciones.

Otro aspecto relevante es el horizonte temporal. Una inversión prevista para dos años no debería estructurarse igual que otra destinada a complementar la jubilación dentro de treinta años. El tiempo permite absorber mejor las oscilaciones de los mercados y recuperar eventuales caídas.

Cuatro perfiles de inversor y qué productos pueden encajar

Para entender mejor cómo influye el nivel de riesgo en la elección de un fondo, resulta útil analizar algunos perfiles habituales.

El primer caso corresponde al inversor conservador. Imaginemos una persona de 67 años que acaba de jubilarse y dispone de 60.000 euros procedentes de una indemnización laboral. Su prioridad consiste en mantener intacto ese patrimonio para complementar su pensión y disponer de liquidez si surge cualquier imprevisto.

En una situación como esta, un fondo monetario europeo, un fondo de renta fija de muy corto plazo o un depósito a plazo fijo podrían ajustarse mejor a sus necesidades que un fondo bursátil. Aunque la rentabilidad potencial sea menor, la estabilidad adquiere mucho más peso que la búsqueda de elevados beneficios.

Un segundo perfil sería el inversor moderado. Pensemos en una pareja de 45 años que ya tiene constituido un fondo de emergencia y desea invertir parte de sus ahorros para dentro de diez o quince años, cuando sus hijos accedan a la universidad.

En este escenario pueden resultar adecuados los fondos mixtos equilibrados, que suelen mantener una combinación aproximada entre renta fija y renta variable. Este tipo de productos busca reducir parte de la volatilidad sin renunciar completamente al crecimiento que ofrecen las bolsas.

El tercer ejemplo corresponde a un inversor dinámico. Un profesional de 35 años con ingresos estables y capacidad de ahorro periódica puede permitirse asumir oscilaciones importantes si su objetivo consiste en aumentar su patrimonio durante los próximos veinte o treinta años.

En este caso, los fondos de renta variable global, los fondos indexados que replican índices internacionales o los fondos especializados en mercados desarrollados pueden formar parte de una cartera diversificada. Aunque estos productos experimentan caídas en determinados momentos del ciclo económico, históricamente han mostrado un elevado potencial de crecimiento en horizontes largos.

Existe también un cuarto perfil, cada vez más habitual: el inversor especializado o agresivo. Se trata de personas con experiencia financiera que conocen el funcionamiento de los mercados y aceptan elevados niveles de volatilidad.

Un ejemplo sería un emprendedor de 40 años que ya dispone de un patrimonio consolidado y busca destinar una parte limitada de sus inversiones a sectores con mayor potencial de crecimiento. En estos casos pueden valorarse fondos temáticos vinculados a inteligencia artificial, tecnología, salud, transición energética o mercados emergentes. La posibilidad de obtener mayores rentabilidades suele venir acompañada de una variabilidad mucho más intensa en el valor de la inversión.

Independientemente del perfil, la diversificación continúa siendo una de las principales herramientas para reducir riesgos. Repartir el patrimonio entre distintas clases de activos, sectores económicos y zonas geográficas ayuda a disminuir el impacto que puede tener el mal comportamiento de un mercado concreto.

También conviene revisar periódicamente la cartera. El perfil inversor puede cambiar con el paso del tiempo debido a modificaciones en la situación laboral, familiar o patrimonial. Una estrategia adecuada para una persona de 30 años probablemente no será la misma cuando alcance los 60.

Otro factor que merece especial atención son las comisiones. Dos fondos con una rentabilidad bruta similar pueden ofrecer resultados muy diferentes a largo plazo si uno soporta unos costes de gestión significativamente superiores. Analizar las comisiones de gestión, depósito y, en su caso, de suscripción o reembolso forma parte del proceso de selección.

Finalmente, los especialistas recuerdan que las rentabilidades obtenidas en el pasado no garantizan resultados futuros. Antes de contratar cualquier fondo resulta recomendable consultar el documento de datos fundamentales para el inversor (DFI o KID), donde aparecen reflejados el nivel de riesgo, la política de inversión, las comisiones y los distintos escenarios de rentabilidad, permitiendo comparar de forma objetiva los productos disponibles antes de tomar una decisión.