Hay una idea curiosa que aparece continuamente en La vida que encontré: cuanto más difícil se vuelve la historia, más necesario parece encontrar pequeños espacios para reírse.
Yessi Morel habla de infertilidad, tratamientos, frustración y pérdida. Material aparentemente poco compatible con el humor. Sin embargo, buena parte del libro está atravesado por bromas, exageraciones y situaciones absurdas.
No funciona como una manera de quitar importancia al dolor. Más bien ocurre lo contrario: el humor se convierte en una forma de soportarlo sin dejar que ocupe absolutamente todo.
Cuando el lenguaje médico entra en la vida cotidiana
Un tratamiento de fertilidad introduce rápidamente a cualquier paciente en un vocabulario que hasta entonces probablemente le resultaba ajeno.
Folículos, seminogramas, punciones, transferencias, calidad embrionaria, betaesperas…
Yessi transforma muchos de esos términos para hacerlos manejables. Los espermatozoides de su marido pasan a ser “vagos”. Sus ovarios llenos de folículos le recuerdan a un racimo de uvas. Los embriones reciben notas como estudiantes y los días posteriores a una transferencia la convierten en una especie de agente del FBI dedicada a investigar cualquier síntoma.
Hay una escena especialmente representativa cuando su marido intenta administrarle una de las primeras inyecciones y consigue doblar la aguja. Algo que en el momento resulta inquietante termina transformándose después en una anécdota familiar.
Ese mecanismo se repite continuamente.
La broma no modifica el diagnóstico. Tampoco mejora las probabilidades de éxito. Pero devuelve durante unos minutos algo que los tratamientos amenazan con arrebatar: cierta sensación de normalidad.
Reír y sufrir pueden ocurrir al mismo tiempo
Existe una idea equivocada según la cual afrontar algo con humor significa que no está doliendo tanto.
En realidad, ambas emociones pueden convivir perfectamente.
Yessi puede hacer bromas sobre convertirse en un “colador humano” después de tantas inyecciones y, unas páginas después, reconocer que está completamente agotada. Puede reírse de una clínica excesivamente lujosa mientras sabe perfectamente cuánto dinero y esperanza ha depositado allí.
El propio libro insiste en que, durante determinados momentos, el humor funciona como una herramienta de supervivencia. No elimina la tormenta, pero permite atravesarla.
Algo parecido ocurre muchas veces fuera de los libros. Quien atraviesa una enfermedad, un duelo o una situación especialmente difícil puede bromear sobre ella sin que eso signifique que no la esté viviendo profundamente.
En ocasiones es justamente porque la vive muy de cerca que necesita encontrar una distancia momentánea.
No todo tiene que convertirse en una lección
También hay algo saludable en permitir que algunas situaciones sean sencillamente absurdas.
Cuando estamos pasando por una mala etapa tendemos a buscar significado constantemente. Queremos saber qué estamos aprendiendo, cómo vamos a crecer o qué explicación existe detrás de todo.
Pero no todas las experiencias necesitan convertirse inmediatamente en una gran enseñanza.
A veces puedes estar pasando por algo terrible y, al mismo tiempo, reírte porque tu marido ha doblado una aguja que parecía imposible de doblar. Ambas cosas son ciertas.
La vida que encontré funciona especialmente bien cuando permite esa contradicción. La tristeza no invalida la risa y la risa no invalida la tristeza.
Quizá por eso el humor resulte tan importante cuando la vida se pone seria. No siempre sirve para solucionar un problema, pero puede recordarnos durante unos minutos que seguimos siendo algo más que aquello que nos está ocurriendo.






