En la última década, el crecimiento del ecosistema fintech y la popularización de las criptomonedas transformaron profundamente la relación de los usuarios con los servicios financieros.
Es así como surgió Bnext, una startup española fundada en 2016 con la ambición de convertirse en una alternativa digital a la banca tradicional. Su propuesta consistía en ofrecer una aplicación móvil desde la que los usuarios pudieran gestionar su dinero, realizar pagos y acceder a diferentes productos financieros sin necesidad de acudir a un banco convencional.
El proyecto ganó rápidamente notoriedad dentro del sector tecnológico español. Su modelo de negocio se basaba en actuar como un agregador de servicios financieros: desde su aplicación se podían contratar productos de terceros y gestionar operaciones cotidianas mediante una tarjeta asociada. Este planteamiento, que coincidió con el auge de los neobancos en Europa, permitió que la compañía atrajera miles de usuarios en pocos años y captara financiación de inversores interesados en el crecimiento de las fintech.
Paralelamente, el auge de las criptomonedas también influyó en la estrategia de muchas plataformas financieras digitales. El interés creciente por activos como Bitcoin o Ethereum llevó a numerosas fintech a incorporar servicios relacionados con criptoactivos.
Bnext exploró este terreno integrando opciones vinculadas a la compra y gestión de criptomonedas dentro de su ecosistema, intentando posicionarse como una plataforma financiera moderna capaz de conectar el mundo de la banca digital con el universo de los activos digitales.
Sin embargo, con el paso del tiempo el entorno competitivo y regulatorio se volvió más exigente. El crecimiento del sector fintech atrajo a numerosos competidores internacionales con mayor financiación y escala, lo que dificultó la consolidación de proyectos más pequeños. En ese contexto comenzaron a aparecer señales de tensión en el modelo de negocio de la compañía, que finalmente desembocaron en una reestructuración profunda de su actividad.
Qué se sabe de lo sucedido
La situación actual de Bnext se explica principalmente por un cambio estratégico significativo en la empresa.
Tras varios años operando como neobanco orientado al consumidor, la compañía anunció que dejaría de prestar servicios de cuentas y tarjetas a clientes particulares. Esta decisión implica el cierre de su operativa como plataforma financiera para usuarios individuales, lo que marca el final de su etapa inicial dentro del sector de los neobancos.
El anuncio sorprendió a muchos clientes e inversores porque Bnext había sido considerada durante años una de las fintech españolas con mayor potencial de crecimiento. Sin embargo, el negocio de los neobancos se ha vuelto cada vez más complejo.
Muchas de estas plataformas operan con márgenes muy ajustados y dependen de un volumen elevado de usuarios para alcanzar la rentabilidad. Al mismo tiempo, la presencia de grandes actores internacionales con fuertes inversiones ha intensificado la competencia en el mercado europeo.
A estas dificultades se suma el hecho de que Bnext no operaba como un banco tradicional, sino como una entidad que ofrecía servicios financieros apoyándose en acuerdos con terceros. Este modelo, habitual entre las fintech, permite lanzar productos con mayor rapidez, pero también limita la capacidad de generar ingresos propios y obliga a depender de socios financieros y proveedores de infraestructura.
Ante este panorama, la empresa optó por reorientar su actividad hacia un modelo distinto. En lugar de centrarse en el consumidor final, la nueva estrategia pasa por ofrecer infraestructura tecnológica y servicios financieros a otras empresas. Este giro hacia el ámbito B2B busca aprovechar el conocimiento tecnológico acumulado por la compañía para proporcionar soluciones de pago y herramientas financieras a otras fintech o compañías que necesiten integrar servicios financieros en sus plataformas.
Aunque este tipo de pivotaje no es extraño dentro del ecosistema de startups, sí supone un cambio profundo respecto al proyecto original con el que la empresa se dio a conocer. Para los usuarios, la consecuencia directa es el cierre de las cuentas y la necesidad de retirar sus fondos antes de la fecha límite establecida. Para los inversores, en cambio, la situación genera incertidumbre sobre el futuro valor de la compañía y sobre las posibilidades de recuperar o revalorizar su inversión.
Cómo pueden afrontarlo los inversores
Para quienes invirtieron en Bnext, la crisis actual plantea un escenario complejo que requiere analizar con cuidado la evolución futura de la empresa.
En primer lugar, conviene entender que el cierre del servicio para clientes particulares no significa necesariamente la desaparición de la compañía. Lo que se ha producido es un cambio de modelo de negocio, algo relativamente frecuente en el mundo de las startups tecnológicas cuando el proyecto inicial no consigue alcanzar la escala necesaria.
Desde el punto de vista del inversor, el valor de la empresa dependerá ahora de su capacidad para consolidar su nueva estrategia centrada en infraestructura financiera. Si la compañía logra posicionarse como proveedor tecnológico para otras fintech o empresas digitales, podría generar nuevas fuentes de ingresos y recuperar parte del valor perdido durante la transición. En ese caso, el pivotaje podría convertirse en una oportunidad de transformación más que en un cierre definitivo del proyecto.
Otro aspecto importante es revisar las condiciones específicas bajo las que se realizó la inversión. Muchos inversores participaron en Bnext a través de rondas de financiación propias del ecosistema startup, lo que implica que las participaciones no cotizan en mercados públicos y tienen una liquidez limitada. En este tipo de inversiones, la recuperación del capital suele depender de eventos concretos, como la venta de la empresa, una nueva ronda de financiación o una eventual salida al mercado.
La situación de Bnext también sirve como recordatorio del riesgo inherente a la inversión en startups tecnológicas. Aunque este tipo de compañías puede ofrecer un gran potencial de crecimiento, también está expuesto a una elevada tasa de fracaso o reinvención. Por esa razón, los expertos suelen recomendar estrategias de diversificación que combinen inversiones en proyectos emergentes con activos más consolidados.
La situación del token B3X, vinculado a la fintech española Bnext, se ha convertido en uno de los principales focos de la crisis del proyecto. Uno de los hechos más polémicos es que las operaciones de compraventa del token permanecen bloqueadas desde septiembre, lo que ha dejado a numerosos inversores sin posibilidad de vender o recuperar su dinero.
El origen del token B3X
B3X se lanzó como un utility token dentro del ecosistema de Bnext. La idea era que funcionara como una especie de “moneda interna” con la que los usuarios obtendrían ventajas dentro de la plataforma: descuentos en productos financieros, recompensas, menores comisiones y acceso a determinadas funcionalidades.
La empresa presentó el token como una pieza estratégica de su modelo de negocio. En 2022 se anunció su salida al mercado con un precio inicial cercano a 0,02 euros por token, tras una oferta pública e institucional que recaudó millones de euros entre inversores.
La narrativa del proyecto era clara: B3X debía impulsar el crecimiento del ecosistema fintech de Bnext y conectar la banca digital con el mundo de las finanzas descentralizadas (DeFi).
El bloqueo del token desde septiembre
El problema surgió posteriormente, cuando las operaciones de compra y venta del token quedaron paralizadas desde septiembre, lo que ha impedido a muchos inversores vender sus activos o convertirlos en otras criptomonedas o dinero fiat.
Este bloqueo ha generado una fuerte controversia porque numerosos usuarios aseguran que no han tenido una comunicación clara sobre el motivo ni sobre cuándo se restablecerá la operativa. En la práctica, esto significa que quienes poseen B3X mantienen los tokens en sus carteras, pero no pueden negociarlos libremente, lo que ha dejado el capital inmovilizado durante meses.
La situación se agrava porque el token estaba muy ligado al funcionamiento de la propia plataforma. Si la actividad del ecosistema se reduce o cambia —como ocurre con el giro estratégico de Bnext hacia servicios B2B— el valor y la utilidad del token también quedan en entredicho.
Consecuencias para los inversores
El bloqueo prolongado tiene dos efectos principales para los inversores. En primer lugar, elimina la liquidez del activo: aunque los usuarios sigan teniendo los tokens, no pueden venderlos ni fijar un precio real de mercado. En segundo lugar, aumenta la incertidumbre sobre el futuro del proyecto, ya que el valor de un utility token depende en gran medida de la actividad y crecimiento del ecosistema al que pertenece.
Por ello, muchos inversores consideran que la crisis del token B3X es uno de los elementos centrales del deterioro de la confianza en el proyecto Bnext. La combinación de un token ilíquido y el cierre del modelo de neobanco ha generado dudas sobre la viabilidad del ecosistema que inicialmente se prometía construir alrededor de la plataforma.







