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Materias primas e inflación ante la guerra con Irán

El comportamiento de las materias primas durante este primer trimestre no puede entenderse sin separar dos fases muy claras: una primera etapa de relativa estabilidad en los primeros meses del año y un cambio absoluto a partir de finales de febrero, cuando estalla el conflicto con Irán y se intensifican las tensiones en Oriente Medio.

Durante enero y buena parte de febrero, los mercados de commodities se movían dentro de rangos moderados, con el petróleo estabilizado en torno a los 60 dólares por barril y el gas en niveles contenidos. Este escenario respondía a un equilibrio entre una demanda global moderada y unas cadenas de suministro todavía normalizadas tras los shocks de años anteriores. Sin embargo, este equilibrio era frágil, especialmente por la elevada dependencia energética de Europa y Asia.

El punto de inflexión llega con los ataques a Irán y, sobre todo, con el riesgo sobre el estrecho de Ormuz, una arteria clave por la que transita aproximadamente el 20% del petróleo mundial.

Las interrupciones logísticas y los ataques a infraestructuras energéticas provocan un shock de oferta inmediato. En apenas tres semanas, el petróleo Brent se dispara cerca de un 48%, alcanzando niveles superiores a los 100 dólares, y duplicando prácticamente su precio respecto a enero.

El gas natural sigue una dinámica similar, pasando de unos 30 a 60 euros/MWh, lo que confirma una tensión energética de gran intensidad.

Este movimiento no se limita al sector energético: los fertilizantes —fuertemente dependientes del gas— suben alrededor de un 30%, trasladando la presión inflacionaria al sector agrícola y, por extensión, a los alimentos.

En paralelo, los carburantes reflejan rápidamente este encarecimiento, con subidas superiores al 30% en el diésel en cuestión de semanas.

Este episodio reproduce patrones históricos de crisis energéticas: un shock de oferta geopolítico que genera una subida brusca de precios, deteriora las expectativas de crecimiento y eleva la inflación de forma simultánea. Es, en esencia, un escenario clásico de presión estanflacionaria.

Inflación y respuesta de los bancos centrales

El encarecimiento de las materias primas, especialmente de la energía, se traslada de forma casi inmediata a la inflación. En este contexto, los bancos centrales se enfrentan a un dilema complejo: combatir la inflación sin agravar la desaceleración económica.

Las primeras estimaciones ya reflejan este impacto. El Banco Central Europeo ha revisado al alza la inflación prevista para 2026 hasta el 2,6%, frente al 1,9% anterior, impulsada principalmente por el aumento de los costes energéticos. En escenarios más adversos, si el conflicto se prolonga y el suministro energético sigue tensionado, la inflación podría situarse incluso por encima del 4% .

Al mismo tiempo, el crecimiento económico se resiente. Las previsiones de PIB para la eurozona se han reducido hasta el 0,9%, reflejando el impacto negativo del encarecimiento energético sobre consumo e inversión.

Este binomio —más inflación y menos crecimiento— es precisamente el entorno más difícil para la política monetaria.

Por ahora, la estrategia de los bancos centrales es prudente. El BCE ha optado por mantener los tipos de interés en torno al 2%, evitando una reacción inmediata que podría amplificar la desaceleración.

Sin embargo, el tono ha cambiado claramente hacia una postura más restrictiva. El mercado ya descuenta posibles subidas de tipos en los próximos meses si la inflación se consolida al alza.

«Este enfoque responde a una lección aprendida en crisis recientes: subestimar un shock energético puede provocar efectos de segunda ronda que hacen más persistente la inflación. Por ello, las autoridades monetarias insisten en que están preparadas para actuar rápidamente si detectan una desanclaje inflacionario», explican desde las secciones de economía.

A nivel global, el patrón se repite. Bancos centrales como el de Japón, Suiza o Suecia han optado por mantener tipos, pero con predisposición a endurecer la política monetaria si esta situación se prolonga .

El control de la inflación en este contexto dependerá de tres variables críticas: la duración del conflicto, la estabilidad del suministro energético y la capacidad de los bancos centrales para actuar sin provocar una recesión profunda.

Si el precio del petróleo continúa escalando —con escenarios que contemplan niveles de hasta 140-150 dólares—, la política monetaria tendrá que endurecerse, incluso a costa de sacrificar crecimiento .