En los últimos años, los bancos centrales de todo el mundo han intensificado sus compras de oro para sus reservas, pero es en Asia donde se está haciendo de forma más llamativa. Eso, según los expertos, puede ser uno de los motivos por los que ya ha superado los 5000 dólares al retirarlo, en parte, del mercado.
Países como China, India, Turquía, Kazajistán o Singapur han incrementado de forma sostenida sus reservas auríferas, en algunos casos a ritmos no vistos en décadas.
Estos movimientos no son meramente técnicos ni coyunturales: reflejan una estrategia deliberada de diversificación de reservas y de reducción de la dependencia del dólar estadounidense como principal activo de reserva internacional.
«El oro, a diferencia de las divisas fiduciarias, no depende de la credibilidad de un emisor ni de la política monetaria de un banco central concreto. Históricamente, ha sido considerado un activo refugio y un ancla de valor en periodos de incertidumbre económica, inflación elevada o tensiones geopolíticas. Por ello, el hecho de que una divisa esté respaldada —aunque sea indirectamente— por importantes reservas de oro sigue teniendo una fuerte carga simbólica y estratégica«, explican los expertos.
De hecho, el regreso del oro al centro de las decisiones de los bancos centrales plantea interrogantes relevantes sobre el futuro del sistema monetario.
¿Qué puede significar este movimiento por parte de los bancos centrales?
El aumento de las reservas de oro puede interpretarse, en primer lugar, como una señal de desconfianza creciente hacia los activos financieros tradicionales, especialmente los bonos soberanos de economías desarrolladas.
Durante años, estos bonos han ofrecido rendimientos reales bajos o incluso negativos, erosionando su atractivo como reserva de valor. El oro, aunque no genera rentabilidad, cumple una función distinta: preservar poder adquisitivo y actuar como seguro frente a escenarios extremos.
La acumulación de oro reduce la vulnerabilidad frente a sanciones financieras, restricciones al acceso a sistemas de pago internacionales o congelaciones de reservas denominadas en divisas extranjeras. El oro físico, almacenado dentro de las fronteras nacionales, es inmune a este tipo de medidas.
Además, estas compras pueden formar parte de una estrategia de largo plazo orientada a reforzar la credibilidad de sus monedas nacionales. En un mundo donde la confianza es un activo clave, contar con amplias reservas de oro envía un mensaje de solidez financiera, disciplina macroeconómica y capacidad para afrontar crisis sistémicas.
¿Se está volviendo al patrón oro tras años de políticas keynesianas?
Hablar de un retorno estricto al patrón oro sería, hoy por hoy, una exageración. Ninguna gran economía propone formalmente vincular su moneda de forma directa y fija a una cantidad determinada de oro, como ocurría en los sistemas monetarios clásicos.
Sin embargo, sí es evidente un cuestionamiento progresivo del paradigma dominante basado en políticas keynesianas y monetarias ultraexpansivas.
Desde la crisis financiera de 2008, y de forma aún más intensa tras la pandemia, los bancos centrales han recurrido masivamente a la creación de dinero, a tipos de interés cercanos a cero y a programas de compra de activos. Estas medidas, aunque efectivas a corto plazo para estabilizar la economía, han alimentado desequilibrios estructurales, presiones inflacionarias y un aumento significativo de la deuda pública.
En este contexto, el oro reaparece como contrapeso al dinero fiduciario. No implica abandonar el marco keynesiano, pero sí introducir un elemento de disciplina implícita. Al reforzar sus reservas de oro, los bancos centrales parecen reconocer los límites de la expansión monetaria indefinida y la necesidad de activos que no puedan ser “creados” por decisión política.
¿Cuándo ha ocurrido algo similar en el pasado?
La historia ofrece varios precedentes en los que el oro recuperó protagonismo tras periodos de inestabilidad monetaria.
Uno de los más claros se produjo tras la Primera Guerra Mundial, cuando muchos países intentaron regresar al patrón oro para restaurar la confianza en sus monedas, fuertemente devaluadas durante el conflicto. Aunque aquel intento fracasó en gran medida y desembocó en tensiones deflacionarias, ilustra la tendencia recurrente a buscar anclas sólidas tras grandes crisis.
Otro momento clave fue el colapso del sistema de Bretton Woods en 1971, cuando Estados Unidos abandonó la convertibilidad del dólar en oro. A partir de entonces, el mundo entró plenamente en la era de las monedas fiduciarias. Sin embargo, durante la década de 1970, marcada por alta inflación y volatilidad, el oro experimentó un fuerte repunte y volvió a consolidarse como activo refugio.
Más recientemente, tras la crisis financiera global de 2008, los bancos centrales pasaron de ser vendedores netos de oro a compradores netos, una tendencia que se ha acelerado en la última década. La situación actual comparte similitudes con esos episodios históricos: elevada incertidumbre, cambios en el equilibrio de poder global y dudas sobre la sostenibilidad del sistema monetario vigente.







