En los últimos seis meses, el dólar ha experimentado una tendencia a la baja frente a otras monedas globales, rompiendo con la dinámica típica de fortaleza que suele observarse en periodos de incertidumbre.
Según datos de mercado, el índice del dólar acumuló una caída significativa en el primer semestre del año de, aproximadamente, un -10.8%, su peor inicio de año en más de cinco décadas. De hecho, ese valor sería comparable a niveles vistos allá por 1973, tras el fin de Bretton Woods.
¿Qué supone un dólar a la baja en los mercados internacionales?
Impacto en comercio e inversión
Un dólar más débil altera directamente los costes relativos en el comercio internacional. Cuando el billete de referencia pierde valor frente a otras monedas, las exportaciones estadounidenses se abaratan para compradores extranjeros, lo que puede mejorar la competitividad de productos y servicios de EE. UU.
Del mismo modo, las importaciones a EE. UU. se encarecen, lo que puede reducir la presión sobre el déficit comercial si la demanda interna se ajusta. Esta relación entre el tipo de cambio y los balances comerciales es una pieza clave de la teoría económica internacional aplicada a divisas y aranceles.
Incorporación a estrategias de inversión
En los mercados de capitales, la evolución del dólar influye en la asignación de carteras globales.
Un dólar en descenso suele favorecer a activos denominados en otras monedas y puede incentivar la rotación hacia mercados emergentes o activos refugio como el oro. Asimismo, los movimientos del dólar afectan precios de materias primas cotizadas en dólares (como el petróleo), lo que tiene efectos en economías exportadoras de materias primas.
Flujo de capitales y confianza
El dólar estadounidense es el principal activo de reserva global y un instrumento central para flujos financieros internacionales debido al privilegio exorbitante que supone su condición de moneda de reserva mundial. Esto permite a Estados Unidos financiar déficits con mayor facilidad y ofrece un refugio seguro en tiempos de estrés.
Sin embargo, si el dólar se debilita de forma persistente, podría incidir en la reconfiguración de las reservas internacionales de muchos bancos centrales, reduciendo la dependencia en favor de otras monedas o activos. Este fenómeno de desdolarización también está asociado a cambios de políticas exteriores y económicas en diversos países.
Consecuencias a medio plazo de un dólar débil
Presión sobre la deuda y los déficits
Un dólar más bajo puede tener efectos financieros internos en EE. UU. Su mayor debilidad puede traducirse en mayores costes de endeudamiento, dado que los inversores podrían exigir primas más altas por riesgos asociados al mercado de bonos del Tesoro estadounidense. Esto complica la financiación de déficits fiscales crecientes.
Inflación y política monetaria
El encarecimiento de las importaciones puede traducirse en presiones inflacionarias dentro de Estados Unidos, lo que plantea un reto para la Reserva Federal. En un entorno de inflación al alza, la política monetaria puede enfrentar tensiones entre el apoyo al crecimiento y el control de precios, lo que podría influir en decisiones de tipos de interés.
Reconfiguración geopolítica y financiera
Una persistente depreciación de la moneda americana puede tener consecuencias más amplias en el orden monetario internacional. Países exportadores de energía y otros bienes esenciales podrían acelerar iniciativas para denominar contratos en otras monedas, reduciendo gradualmente la centralidad del dólar. Esto se relaciona con tendencias de desdolarización que examinan cómo las políticas comerciales y geopolíticas influyen en la estructura de reservas globales.
¿Cuál es la estrategia de Trump en este escenario?
La administración de Donald Trump ha mostrado, desde su regreso a la Casa Blanca, una preferencia declarada por un dólar más débil como herramienta para reforzar la competitividad exterior de la economía estadounidense.
Un dólar menos fuerte abarata las exportaciones en términos de monedas extranjeras y, según esta visión, podría ayudar a reducir desequilibrios comerciales crónicos y apoyar a industrias manufactureras.
Parte de esta estrategia se entrelaza con políticas proteccionistas, como la imposición de aranceles generalizados y elevados a importaciones, que buscan frenar el déficit comercial. Estas medidas, sin embargo, generan incertidumbre entre inversores y contrapartes comerciales, lo que ha contribuido a la volatilidad en los mercados de divisas y —según algunos analistas— a la caída del dólar.
Además, algunos círculos dentro de la administración han explorado ideas más inusuales, como acuerdos multilaterales sobre tasas de cambio o incluso penalizaciones a tenedores extranjeros de deuda estadounidense, con el objetivo explícito de presionar a la baja el tipo de cambio.
En conjunto, esta aproximación combina objetivos de política comercial, fiscal y monetaria con la idea de reorientar la posición competitiva de Estados Unidos, aunque también genera debate sobre posibles riesgos de desconfianza internacional, costes financieros internos y alteraciones en el papel global del dólar.













