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Hogares: hacer la compra por menos de 100 euros

Lograr una compra semanal por menos de 100 euros para tres personas se ha convertido en un ejercicio de contabilidad doméstica cada vez más complejo en España.

No se trata únicamente de una sensación social ampliamente compartida, sino de un fenómeno respaldado por la evolución de los precios de consumo que publica de forma periódica el Instituto Nacional de Estadística. La alimentación, aun siendo un bien básico, no ha quedado al margen de las tensiones inflacionistas que han marcado los últimos años.

«El encarecimiento de la cesta de la compra es el resultado de un conjunto de factores que se acumulan a lo largo de toda la cadena de valor», enuncian algunos economistas.

Desde la producción primaria hasta la distribución, el aumento del precio de la energía, de los fertilizantes, de los piensos y del transporte ha presionado al alza los costes. A esto se suma un contexto europeo de inflación alimentaria que ha sido seguido de cerca por organismos como Eurostat, que ha advertido en distintos informes de que los alimentos han registrado subidas superiores a las de otros grupos de consumo durante varios trimestres consecutivos.

En la práctica, esta situación se traduce en un problema cotidiano muy concreto: con un presupuesto de 100 euros resulta difícil cubrir siete días de desayunos, comidas y cenas para tres personas sin recurrir a recortes importantes en variedad o en calidad.

Productos considerados básicos —como el aceite de oliva, los huevos, la leche o la fruta fresca— han ido ocupando una proporción cada vez mayor del gasto semanal. El margen para introducir pescado, carne fresca o productos mínimamente elaborados se ha reducido, especialmente en hogares con rentas medias y bajas.

A este escenario se añade un elemento menos visible, pero igualmente relevante: la llamada reduflación.

Muchos consumidores perciben que pagan lo mismo —o más— por envases que contienen menos cantidad.

Este ajuste silencioso de formatos hace que el precio por kilo o por litro aumente sin que el ticket final lo refleje de manera evidente, complicando todavía más el control real del gasto.

La distribución alimentaria juega también un papel determinante. Cadenas generalistas como Mercadona, junto a operadores de perfil más claramente orientado al precio como Lidl o Aldi, concentran buena parte del consumo doméstico. Aunque la competencia entre ellas ha contenido parcialmente los incrementos, el margen de maniobra es limitado cuando los costes estructurales suben de forma sostenida. En este contexto, la marca blanca se ha convertido en un instrumento casi imprescindible para muchas familias, no como una opción ocasional, sino como base habitual de la compra.

Conseguir una compra semanal completa por menos de 100 euros para tres personas no es imposible, pero exige un cambio profundo en la manera de planificar. El primer ajuste se produce antes de entrar en el supermercado. La elaboración de un menú semanal cerrado permite adaptar la lista de la compra a platos concretos y evita la acumulación de productos que no se utilizan. Además, obliga a diseñar comidas en torno a ingredientes versátiles y de bajo coste, como legumbres secas, arroz, pasta, patatas o verduras de temporada.

La elección de productos frescos también requiere una lectura más atenta del calendario agrícola. Las frutas y hortalizas fuera de temporada, aunque disponibles todo el año, suelen incorporar sobrecostes asociados a importaciones o a sistemas de producción más intensivos. Ajustar la dieta a lo que se produce en cada momento del año no solo reduce el precio final, sino que facilita mantener una dieta variada sin depender de productos más caros.

Otro elemento clave es el formato. Comprar legumbres secas en paquetes grandes, arroz en sacos familiares o leche en packs reduce de forma apreciable el precio unitario. Esta estrategia, sin embargo, solo resulta efectiva si existe una planificación real de consumo, ya que el desperdicio alimentario neutraliza cualquier ahorro inicial. En hogares pequeños o con poco espacio de almacenamiento, el equilibrio entre volumen y aprovechamiento es especialmente delicado.

Desde el punto de vista nutricional, la presión presupuestaria está modificando también la estructura de muchas dietas. Se observa un desplazamiento hacia fuentes de proteína más económicas, como huevos, legumbres o carne de pollo, en detrimento del pescado fresco o de cortes de carne más caros. Este ajuste puede ser compatible con una alimentación saludable, pero reduce la diversidad de la dieta si no se planifica con cuidado.

En este contexto, lograr que el total semanal no supere los 100 euros suele implicar renuncias implícitas: menos productos preparados, menos caprichos, menos marcas reconocidas y una rotación más limitada de ingredientes.

La compra se vuelve más funcional y menos orientada al disfrute sino al consumo real. No es tanto una cuestión de habilidad individual como de adaptación a un entorno de precios persistentemente elevados.